
La casaca es el uniforme del carnavalero por excelencia. Colorida y clave como pieza de identidad de una comparsa, no siempre fue como la conocemos ahora.
En la actualidad las comparsas lucen casacas con ilustraciones artísticas, primero fue solo combinación de telas de colores, luego se introdujo la serigrafía, hasta llegar a nuestros días con el sublimado. Todas llevan el nombre de la agrupación y en el caso de las mujeres, las suyas pueden o no llevar bordado en la misma tela. Eso sí, la casaca conserva los mismos colores a lo largo de los años porque es parte de la identidad de cada comparsa.
Se la luce en presentaciones oficiales y en cuanta actividad carnavalera se es invitado. Pero cuando nació esta prenda de vestir, solo se usaba durante el corso y los tres días de mojazón. Como hoy en día se le ha extendido su tiempo de vida (hay festivales, proclamaciones, coronaciones, precarnaveleras, corso y tres días de mojazón) es muy frecuente que haya hasta dos modelos de casaca, algo así como la oficial y la de repuesto. Pero antes no era así.
Casaca encargada a Ejti Stih en 2008, por la comparsa Taitao Junior, fue la primera que requirió a un artista plástico.
¿Cómo nació la casaca?
En 2017 el espacio de arte Manzana 1 llevó a cabo una exposición que exhibió el viaje en el tiempo de las casacas del Carnaval cruceño. Fue toda una recopilación histórica que escarbó en el pasado para descubrir que en los últimos años del siglo XIX hasta 1940, el vestuario de las agrupaciones de Carnaval era pulcro y elegante.
A mediados de la década de los 40, cuando las calles eran de tierra, comenzó en Santa Cruz la costumbre del juego sucio, con agua, aceite quemado y barro.
La bata, que data de finales del siglo XIX, se impuso y se usó casi a la par de las casacas, es más, la bata quedó como sello de la identidad de algunas comparsas tradicionales como los Tauras, que nunca más se la sacaron. Lo que buscaban las comparsas era comodidad en una prenda que se podía manchar y deshacer durante los días de Carnaval.
Casaca y bata se popularizaron, según la investigación de Manzana 1, en la década del 50. La tienda Espino Blanco fue la primera que importó las telas para casacas con los colores requeridos por los comparseros.
Una de las primeras en confeccionar casacas fue la Casa Evelyn, de Betty Zimmerman, quien comenzó haciéndolas para la comparsa de su esposo, los Patrones. «Después de eso se hizo grande», cuenta su hija Evelyn Baldomar, que recuerda que muchísimas comparsas acudían a su local sobre la calle Ballivián, donde se confeccionaban a medida cada una de las casacas, que se hacían en tela fina y se le daba un toque elegante.
En su mejor momento llegaron a tener medio centenar de operarios. En época de Carnaval venían desde Oruro, arribaban con sus máquinas y familias completas, porque todos los miembros sabían el oficio y se dedicaban a confeccionar, todos los días de la semana, de día y de noche.
«Cada comparsa tenía su cuaderno, prácticamente todas las tradicionales, cada comparsero iba a anotarse y a sacarse medidas, no es como ahora que se hace por tallas. Realmente era una locura. Antes era todo a mano, estamos hablando de los 90. Diseñábamos, confeccionábamos y teníamos la serigrafía», recuerda Baldomar.
Esta última resalta que fueron las artífices de que las casacas no fueran de un solo color, sino que empezaron a combinarlas y así impusieron ese nuevo estilo. Desde hace poco más de una década ya no están en la calle Ballivián, pero siguen trabajando a pedido, el último que atendieron esta semana fue para la comunidad cruceña en Virginia (EEUU).
Casaca de autor
Pintores, ilustradores y creativos vienen interviniendo en la elaboración de casacas y es en realidad un fenómeno que data de hace pocos años y que cada vez cobra mayor fuerza porque distingue las prendas por sobre otras comunes. Estas son las llamadas casacas de autor, cuyo artista le da otro estatus a la prenda.
«Ya no es una ensalada de elementos», aclara el artista e ilustrador digital Luigi Cabrera, que después de la pandemia de Covid-19 reconoce que hubo un ‘boom’ de pedidos de sus ilustraciones que suelen ser sobre personajes cruceños de ayer o de la actualidad y de situaciones propias de la realidad local.
Pero la primera en hacerlo fue la artista plástica eslovena Ejti Stih, cuyo primer reto, trasladar su lienzo pintado a la tela de la casaca, lo ejecutó para la comparsa Taitao en 2008. Como en ese entonces se trabajaba con serigrafía, solo podía usar como máximo cuatro colores. Así fue como estampó una escena de comparseros disfrutando la música de tamborita en Carnaval. Después de estos, las más prestigiosas comparsas tocaron su puerta para tener su casaca inmortalizada como obra de arte, misma que volvieron a imprimir año tras año, sacándole el jugo al dibujo de la pintora.
«Para cada diseño tenía que hacer cuatro dibujos distintos, uno era el dibujo principal y otros más para cada color, pues se imprimía cada uno aparte», recuerda Ejti. Para ella, encontrarse con las copias de su dibujo en las casacas, la hace sentirse honrada, porque eso le da la pauta de que realmente gustó.
Luego apareció la técnica de la sublimación, impresión que permite transferir imágenes a objetos mediante calor, y el trabajo se facilitó. «Sigo haciendo cosas en papel, en el lienzo, luego yo les doy un cuadro a los comparseros y es un diseñador quien acomoda mi arte sobre el molde de la casaca». Así es como Ejti explica que primero se crea una pintura y luego se le saca la foto para que se sublime sobre la tela, misma que debe ser algo sintética para que brillen los colores. Hasta la fecha ha pintado las casacas de una veintena de comparsas, entre ellas: Picarones, Fregonazos, Cachivachis, Taitas, Soberbios y Ociosos.
Franca como es, recuerda que solo en dos ocasiones no gustó su diseño, en dos décadas de hacer ese trabajo. Ella fue la primer artista en animarse en poner su arte en objetos, entre ellos la casaca. Si bien no es carnavalera, de los 43 años que lleva viviendo en Bolivia, ha asistido a 40 corsos cruceños, como espectadora, desde cuando el espectáculo se hacía sobre el segundo anillo.
Y a propósito del tema, considera que ya es hora de hacer un museo del Carnaval. «La expresión cultural más importante y más popular es el Carnaval. Las colitas, casacas, tocados, trajes de reina, fotografías y carros son parte de la historia de Santa Cruz, que se ve vía el Carnaval, esto se tiene que apreciar en un museo, el Carnaval es una especie de hilo conductor en el que queda expuesto el desarrollo de Santa Cruz. Ahí está la historia de Santa Cruz, viva y verdadera, y es mucho lo que hay que conservar».

El proceso creativo
Luigi Cabrera, el conocido ilustrador por sus dibujos de personas y situaciones de actualidad de nuestro medio, también ha realizado varias casacas. Celebra que al artista ahora se ha vuelto una parte importante de la imagen de la compasa: «Es lindo que se tome en cuenta al artista, que se respete su estilo y que se le dé protagonismo. Ahora estamos usando las casacas para comunicar situaciones y para dar mensajes».
Cabrera aplaude el trabajo de artistas como Ejti Stih y Arelí Rivero que pintan y luego trasladan todo a la casaca, pero en su caso, aclara que todo es digital. «Todo lo hago a través de una carpeta gráfica de un iPad y todo mi proceso se queda ahí hasta el momento en que yo lo mando a imprimir».
Como es de esperarse, el concepto creativo empieza con la primera reunión con los comparseros, donde se recopilan los elementos que se quiere incluir en la casaca y se le da forma al concepto a comunicar, mismo que tiene que ser representativo de acuerdo al año, a la situación de la ciudad y a lo que los comparseros quieran decir.
«Ya pasamos esa etapa en la que era todo una ensalada de elementos, cuando decían: ‘vamos a meterle palmeras, al Cristo y la catedral. Esa época tuvo una parte importante en la evolución de la casaca, pero eso ahora se está haciendo de otra manera. O sea, los comparseros tienen que tener un concepto».

Via: EL DEBER